La carta de Ana y su experiencia

Hace unos años trabajé con Ana una experiencia en coaching de imagen. Era una de las primeras personas  que confiaban en mí. Fue un proceso profundo, intenso y muy gratificante, ahora lo entenderéis…

 

Llegado el momento le comenté  que creía que ya era  hora de volar sola, que ya tenía todas las herramientas que necesitaba y que comenzaba su viaje, su nueva historia. 

 

Ahora Ana debía poner en práctica  y experimentar todo lo que había aprendido y transformado.

 

Ella me miró a los ojos con una pausa  silenciosa que me hizo dudar y finalmente arrancó a  decirme que quería escribirme una carta como forma de agradecimiento.  Yo no entendí muy bien…

 

Cuando me envió el email con esta carta que os adjunto a continuación,  entendí muchas cosas y fue el impulso que necesitaba para continuar trabajando en esto, porque con esta experiencia, la de Ana.  Mi tarea, cobraba todo sentido.

La carta de Ana no iba dirigida a mí, sino a vosotras y hoy por fin, me atrevo a compartirla…

 

Ana:

Antes de contaros lo que me ha aportado el coaching de imagen, dejadme que os cuente quién soy. 

 

Mi nombre es Ana G. No tengo carisma. La gente no se da la vuelta al pasar ni me brilla un diente cuando sonrío. Soy bajita. Tengo barriga. Un pelo encrespado y casi indomable. Demasiada frente. Demasiado pecho… 

 

Como os podréis ir imaginando, soy una persona insegura y con muchos complejos. Y a pesar de ello, he trabajado y sigo haciéndolo desde hace más de 10 años en puestos de gerencia en empresas importantes.

 

Consciente de mis limitaciones, intenté sustituir el carisma por el dar ejemplo. La belleza por la inteligencia (como si fueran incompatibles…) y opté por sonreír sin enseñar los dientes… O no sonreír.

 

Me ganaba a la gente por mi carácter y mi capacidad intelectual. De ahí pasé a creerme que lo importante está en el interior y que la conclusión lógica de este pensamiento es que lo exterior no es importante (¡¡¡¡!!!!). En consecuencia, empecé a desatender mi forma de vestir. Mejor dicho, a desentenderla. Me convertí en una “tecnóloga en gestión con un puntito de excentricidad”. 

 

Yo sabía que algo no iba bien, porque de hecho no estaba a gusto. Pero no sabía qué hacer ni me apetecía hacer nada realmente. ¿Por qué? Porque lo de las ropitas, los peinaditos y pintarte la carita es poco profesional. ¡Y poco intelectual! Así me auto engañé. ¿La realidad debajo de esta sarta de tonterías que yo pensaba? Que soy una chica insegura y acomplejada que se ha inventado esto para auto justificarse. La insoportable levedad del ser…

 

¿Qué me ponía para ir a trabajar? Traje de ejecutiva (chaqueta y pantalón iguales), camisa y botines. Pelo: como sea. Maquillaje: ¿de qué me hablas? Salgo de casa a las 7 a.m. Paso de maquillarme. Y así todos los días laborables del año. Si hay un acontecimiento importante: traje oscuro. ¿Accesorios? Reloj y gafas. No necesito más.

 

Y con este panorama y con todo mi entorno dándome la lata diciendo que voy vestida como una señora mayor, encontré a Lucía Yuste. La pobre mujer no lo tuvo fácil al principio. De hecho yo ni siquiera quería ni le veía la utilidad al coaching de imagen. Lucía, gracias por tener paciencia conmigo… Y perdona las caras raras, el desinterés, los pataleos… Gracias por aguantarme y, sobre todo, gracias por tu trabajo.

 

¿Cómo empezó a trabajar Lucía conmigo? Quitándome todas esas barreras mentales que os he contado. Un trabajo en el que sudamos mucho las 2 (ella más que yo me temo). Hasta que al final conseguí verme desnuda delante del espejo. Metafóricamente.

Comprendí que para vencer los complejos, lo primero es reconocerlos y entenderlos. 

 

El caso, la primera fase de identificación de complejos suele terminar en: ¡¡¡DIOS MIO QUE HORROR!!! ¡¡¡MI MUNDO YA NO EXISTE!!! ¡¡¡ QUÉ VA A SER DE MI!!! ¡¡¡ QUÉ HAGO YO AHORA!!! ¡¡¡QUÉ ME PONGO, NO TENGO ROPA!!!

No pasa nada, se sobrevive a este momento. 

 

El siguiente paso fue poner en práctica pequeñas cosas que me hicieran sentir segura, sin perder mi esencia. Por ello me rodeo de accesorios, prendas, etc. que transmitan fortaleza, presencia, carisma, etc. Para autorreafirmarme. 

Porque no se puede transmitir nunca algo que no se siente. 

 

 

Y no se puede transmitir algo que tú mismo no reflejas. 

No puedo fingir ser lo que no soy. No puedo representar una gran empresa si no tengo aspecto de grande. Porque mi presencia es parte de mí ser y está inevitablemente ligado a una misma. Es una parte fundamental. Y no hay físico malo. Y todo físico es mejorable. 

 

En todo esto es donde el coaching de imagen juega un papel fundamental. 

 

En primer lugar, es un ejercicio de autoconocimiento y auto comprensión. El objetivo no es ser otra persona, sino ser nuestro mejor yo y mostrarlo con una imagen adecuada. Estar en paz con una misma. Y para eso debemos conocernos, comprendernos y ¿por qué no? Perdonarnos y querernos.

 

Y por eso merece la pena arriesgarse a probar. 

 

Además tiene varias ventajas más:

 

No es eterno. De hecho, mi proceso ha durado en torno a 3 meses. El objetivo es ser autosuficientes. Lucía me ha puesto en el camino. Ahora lo hago yo. Y sé que cuento con ella cada vez que sea necesario. Pero ella no se hace necesaria. Es un trabajo generoso. Lucía, empezaste siendo mi coach de imagen y al final eres mi AMIGA.

 

No es caro. No voy a hablar de precios, que no es mi guerra. Pero es asumible perfectamente y merece la pena invertir en una misma.

 

Es realista. No te va a cambiar. No te va a disfrazar de lo que no eres. No se pretende en absoluto. Porque no hay nadie mejor que tú. No cambies. Es simplemente sacarte partido, sacar tú mejor yo con dinámicas que te resulten cómodas.

 

Es absolutamente práctico. En ningún momento me ha enseñado algo que no vaya a hacer. Por ejemplo: detesto maquillarme. Me parece una lata. Ahora sé maquillarme sola, tardando un total de 5 minutos máximo. Y además ¡me luce!

 

En cuanto al vestuario no sólo me ha recomendado tipos de ropa que me favorecen y tipos de ropa a evitar, en cuanto a formas, colores y estampados. Ahora tengo unas paletas de colores con todas las gamas que me favorecen, combinadas en capítulos y estilos de manera que no me tengo que volverme loca para elegir qué me pongo. 

 

Y todo ello con resultados mejores que hace un tiempo…

 

Los resultados son visibles en el corto plazo. Nunca olvidaré el primer día que aparecí en la oficina con el nuevo vestuario. Más de tres se acercaron a felicitarme por cambiar de imagen y a darme la enhorabuena. Y tengo que reconocer que me sentí valorada… Y respetada. ¿Por qué? Porque empezaba a respetarme a mí misma.

 

De verdad que se notan los resultados. Os sentiréis mejor enseguida, Y recibiréis un feedback que os va a hacer sonreír. Vais a disfrutar mucho, creedme.

 

Pero… ¿sabéis lo mejor? Que después de este trabajo me caigo mejor, me siento más guapa, más carismática. Sigo teniendo el diente roto, pero a veces juraría que me brilla un poquito al sonreír. Me siento más segura. Más tranquila… y sigo siendo yo misma, sin mascaras ni disfraces.